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Recordando a don Francisco Oliva Espinoza (1939-2025)

A dos meses de su partida

Recordando a don Francisco Oliva Espinoza (1939-2025)

Publicado el 26/01/2026
Maestro Oliva en el MNBA (Archivo MNBA).
Don Francisco en la época en que trabajaba en el Museo Nacional de Bellas Artes (Gentileza Juan Pablo Oliva).
Hay personas que, de manera silenciosa y poco ostentosa, simplemente haciendo bien su trabajo, hacen un gran aporte a la conservación del patrimonio. Ese fue Don Francisco Oliva, carpintero que por muchos años trabajó en el Museo Nacional de Bellas Artes, primero como vigilante, luego como montajista hasta que llegó a la carpintería del museo. Tal como él dijo en una entrevista, lo que le gustaba era el trabajo con las manos y eso lo hacía de manera maravillosa.

Es en ese momento que se inicia una linda y fructífera relación de trabajo con el maestro Oliva, como le decíamos de manera cariñosa, con el Centro Nacional de Conservación y Restauración, especialmente con el Laboratorio de Pintura, actual Unidad de Patrimonio de las Artes Visuales (UPAV).

De su época en el museo guardaba muy buenos recuerdos que siempre nos transmitía. Especialmente del tiempo que trabajó con Nemesio Antúnez, a quien le tenía un gran cariño por la forma familiar y muy humana con la que trataba a la gente que trabajaba con él en el museo. Tanto así que, según cuenta en el libro “Cuando conocí a Nemesio…” (Vial, 2019) dos veces los fue a visitar a su casa, en una de ellas fue Nemesio con su señora a tomar té. Nemesio fue quien lo impulsó a pintar los pendones con que se publicitaban las exhibiciones en el exterior del museo. Nos contaba también sobre artistas que había conocido trabajando en el museo, como Robert Rauschenberg y lo agradable que había sido con él. 

Era un hombre que amaba su trabajo, y ese amor hacía que se preocupara de los más mínimos detalles para que el resultado fuera perfecto. Se preocupaba del proceso de fabricación de sus bastidores, desde la selección de la madera y la tabla, que estuviera seca y derecha. Sufría cuando no llegaba buena madera a la barraca. Al terminarlos, sus cantos siempre estaban bien lijados, sin astillas ni asperezas, sus ensambles eran perfectos y tenía detalles como entregarnos cuñas adicionales y perforadas para poder amarrarlas al bastidor.

Desde hace muchos años a él se le encargaban los bastidores para las pinturas que se restauraban en la UPAV, ya que pocos tenían este saber, este oficio. Su conocimiento y experiencia hacía que no fuera necesario entregarle muchas especificaciones. Él sabía cuándo un bastidor necesitaba un travesaño o una cruceta y la escuadría que se necesitaba según su tamaño para que no se curvara.

En su carrera asumió desafíos importantes, como el bastidor de 1,55 × 3,50 metros para la obra de Pablo Mac-Clure de la estación Los Héroes del Metro de Santiago. También fue quien realizó el año 2002 el bastidor para la obra Frutos de la Tierra (1929), de Arturo Gordon. Esta obra no solo era de grandes dimensiones, 1,6 × 6 metros de largo, sino que también tenía una forma irregular en su parte superior, lo que requirió de múltiples ensambles y cambios de ángulo, desafío que don Francisco enfrentó impecablemente. En los últimos años también realizó el bastidor para la obra Los Canteros (1878) de Pedro Lira, obra perteneciente al Museo Nacional de Bellas Artes, cuyas dimensiones son 3,06 x 5,15 metros.

Padre orgulloso de sus hijos, siempre hablaba de ellos, tanto de sus logros profesionales como de lo buenos que eran como personas y como hijos.

Hoy lo queremos recordar con cariño y agradecimiento porque fue un actor importante en nuestro trabajo, un silencioso trabajador del patrimonio pictórico, pero también un hombre bueno y cariñoso, que siempre llamaba para saber de cada una y nos regalaba plantitas cada vez que íbamos a buscar un bastidor. 

Lo echaremos mucho de menos, sin embargo, sabemos que su legado permanecerá vivo en las obras que hoy conservan sus bastidores.

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